martes, 24 de mayo de 2011

Homenaje: Entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta Rivera

He querido continuar reflexionando de la obre de Zavaleta, por lo que esta oportunidad transcribo la entrevista que realizó Milagros Leiva, el 18 de marzo de 2008, al escritor.

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(Archivo El Comercio)
MILAGROS LEIVA GÁLVEZ
Publicada en El Comercio el 18 de marzo de 2008

Lee mirando el mar, trabaja mirando el mar. El mar fue su primer amor, dice este escritor peruano que tantos cuentos para amar la sierra nos ha regalado. Carlos Eduardo Zavaleta ya cumplió 80 años y, resfríos aparte, dice sentirte bien. Con ganas de seguir escribiendo. Acaba de publicar “Huérfano de mujer”, una novela corta que narra los avatares de la viudez. Él conoce esa ausencia. Rosa Ugarte, su Tita, se fue hace tres años y él sigue extrañándola.

Tiene 80 años, ¿se ha pasado rápido la vida?
Ni yo mismo me la creo. Haciendo un recorrido mental desde que abrí los ojos racionales a los 4 años, en Chimbote, hasta mi vida en San Marcos y los viajes por el mundo como diplomático, todo me parece un viaje variado, muy placentero. Mi vida me permitió conocer el Perú y me permitió conocerme a mí mismo. Me acuerdo nítidamente de las escenas serranas que están en mis cuentos, el paisaje, la gente pobre, pero resistente. Los ancashinos han pasado tremendos aluviones, peligros, terremotos salvajes. Son indestructibles.

¿Y cuáles han sido los terremotos de su vida?
Originalmente iba a estudiar Medicina, pero no pude. Yo fui un buen alumno en secundaria y me dio el gusto por la historia, la ciencia y un poco la literatura, en ese orden. Iba a cumplir 16 años cuando salí del colegio y quise ser médico, psiquiatra. Era un muchacho ensimismado, el cuarto de los hermanos, muy callado.

Usted era estudioso?
Muy estudioso, si no sacaba la primera nota, sacaba la segunda. Me gustaba mucho leer y pensar. Me gustaba exponer. Cuando salí del colegio había leído poco, pero ya había tenido la suerte de leer a Faulkner y a Joyce. “El Quijote” y “El lazarillo de Tormes” también fueron mis primeras armas. Entonces pensé que mi vida era la ciencia, pero no resistí. Los profesores me parecían deficientes, no había laboratorios, ¿cómo se podía estudiar física y química sin laboratorios?

Y se fue…
No, tuve que aguantar. La autoridad de mi padre era muy fuerte. Decía que cuando un hombre se compromete a algo tiene que cumplir su promesa vivo o muerto. Aguanté dos años de Medicina y no pude más. Mi hermano Aníbal, que estudiaba Medicina, me acompañó a hablar con mi padre. Fue el intermediario. “No se pueden aceptar cosas que van contra uno mismo”, dijo. Por eso digo que mi primera gran transformación fue pasar de la ciencia a la literatura.

¿Y por qué le gusta Faulkner, por qué lo estudia tanto?
Por su sombra. Hay escritores que describen la luz, el perfil, pero dejan la sombra interna, el pensamiento, el vaivén de las emociones. A mí me gustaba esa exploración.

Y si le pidiera que me abriera un poco su sombra, qué diría…
Siempre hay problemas y frustraciones que caen y se van al sedimento del inconsciente. Alguna enamorada que tuve y no me aceptó, en el servicio diplomático también pasaron cosas: uno quiere viajar a un lado y la plaza está ocupada. Yo quería ir a París, pero me mandaron a Bolivia, y no podía reclamar. Recuerdo que me encontré con Sebastián Salazar Bondy y él fue quien me dijo que sería formidable, que en el viaje desde Puno a Bolivia vería a las cinco de la mañana una luna que era un edificio de cinco pisos y como era provinciano me encantaría. Así sucedió.

Cuando recorrió el mundo ya estaba casado.
Claro, cumplí 48 años de casado… y cuando desaparece esa persona te das cuenta de qué poco tiempo la has amado, que deberías haberlo hecho más. Cualquier amor por inmenso que sea te pide más devoción y a veces el hombre es bastante descuidado. Cuando uno siente que la mujer lo ama de verdad, uno se descuida.

Ahora está huérfano de mujer.
Absolutamente. Ya llevo tres años sin Tita.

¿Y cómo se vive la soledad?
La soledad tiene múltiples nombres: vacío, oquedad, silencio, pero también es meditación y plegaria, triunfo de la vida que fue y que celebra la otra. Uno vive apoyado en lo hermoso que era cuando tenías al ser vivo y estabas respaldado. Tener una casa feliz es lo más grande que puede concebir un hombre, sabes que regresas a tu felicidad.

¿Por qué cuando estamos siendo bien amados nos sobramos?
En una pareja siempre hay alguien que mima y uno que es mimado, el problema es que a veces el mimado se siente demasiado querido y se descuida. El mimado debe aprender que tiene que mimar. Yo me di cuenta una sola vez. Una vez mi jefe, el embajador Alejandro Deustua, le dijo a su mujer: Tita lo quiere mucho, pero él se deja querer. Yo lo oí y me di cuenta de ese desbalance, entonces comencé a quererla mucho más. Y tenía un respeto tremendo por su territorio, pero cuando ella murió comencé a ver sus cajones y vi unos fólderes tan amorosamente guardados que me avergonzó. Guardaba las esquelas, las cartas que le enviaba. Eso se llama devoción y me sentí avergonzado de no haberla querido más. Hay que ser viudo pensando en la compañía, aunque sea en la sombra.

¿Conversa con Tita?
No, solo pienso. Cuando comienzas a hablar estás loco.

La visita en el cementerio…
No, la tengo aquí conmigo, en una urna porque quería ser cremada. Para qué tenerla en el cementerio, ¿sabes lo que sucede con un cadáver? Después de 48 horas solo hay gusanos en el cuerpo. Yo me niego a eso y también quiero que me cremen. ¿Quién lo hará, no lo sé?

No tuvieron hijos…
No, tuvimos muchos sobrinos. Ella no podía tener hijos porque tenía adherencias que fueron la anticipación del cáncer.

Lo veo bien: ágil, lúcido, sigue dando clases en San Marcos…
Me siento activo, mi energía viene de los genes de mi padre que son tan fuertes. Mientras no muera me siento indestructible.

Es huaracino, pues.
¿Perdón? ¡Yo soy caracino! Huaraz para nosotros es un pueblo malo, central, capital que se queda con todos los fondos que debería ir a la provincia. Por eso Caraz es siempre rebelde. Voy a celebrar mis 80 años en mi pueblo, tomaré unas copitas para brindar. Yo nací en 1928 y siempre pedía llegar al año 2000, ahora ya no sé.

¿Quién va a cuidar su obra?
San Marcos, lo he donado todo, mis libros, mi biblioteca. Allí me he sentido alumno, egresado, bachiller, doctor, profesor. Cuando sea el momento oportuno vendrán. Mis sobrinos se encargarán. Tengo muchos sobrinos y soy como el abuelo de ellos. Aunque la verdad si alguno me dice abuelo lo boto de la casa, no me gusta esa palabra, ja, ja, ja. Tampoco la palabra “viudo”.

¿Cómo debo llamarlo?
Carlos nomás.

¿Carlos está buscando novia?
Ja, ja, ja, ojalá me conectes con alguien, tengo pocas amigas, muchas alumnas, pero son sagradas. Son amigas. Las miro muy bien y durante mucho rato porque luego me gusta retratarlas en la ficción.

¿Y si alguna se enamora?
No, pues, todos somos cuerdos.

Deme un consejo para ser feliz.
Estás pidiendo mucho… ¿un consejo para ser feliz? Ojalá hubiera. Sé tú mismo siempre, con la lucidez y con la verdad que siempre estén en los ojos, mira a la gente, amplía tu mundo y amplía el mundo de los demás. Ese es un buen comienzo para ser feliz.

Es un consejo sabio. ¿Y cuál es su sueño para este 2008?
Dos libros más. Yo no quiero dejar de escribir.


Tomado de: www.elcomercio.com.pe

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